SORPRENDIDA POR EL COLOR (Parte 1)

¿HAS RECIBIDO UNA NOTICIA DEVASTADORA? ¿SE TE ACABÓ LA ESPERANZA?

Mi historia en forma de cuento.

1

Caminábamos casi corriendo por los pasillos del hospital. Eran las nueve y quince de la mañana. Mi mamá y yo nos habíamos atrasado, porque el tránsito era mayor de lo habitual ese día. Para mí era una consulta de rutina, pero mamá se veía nerviosa. Al llegar al hospital, nos dirigimos casi sin aliento al mesón de la recepción. Antes de que ella pudiera anunciar nuestra llegada, se abrió la puerta de una oficina donde vimos salir al doctor, que un mes y medio antes, me había realizado una biopsia en el brazo derecho. La intervención era una extracción rápida para ser enviada a Estados Unidos para definir mi diagnóstico. El resultado era hoy. 

“Uno, dos, tres, cuatro… uno, dos, tres, cuatro. Nuevamente… un, dos, tres…”- Con una voz dulce, pero firme se oía a la maestra de ballet mientras se movía por el salón como si fuera una reina. Era alta, morena y estaba vestida para la ocasión, con una malla, una falda corta de algodón delgado y unas zapatillas de ballet profesionales. Su cabello estaba prendido en la parte superior de la cabeza y ningún cabello salía de su lugar. Sus piernas y brazos parecían flotar mientras mantenía al caminar, la postura recta de espalda y cuello.

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Al mirarla, nadie podría imaginar que estaba dando una clase a una docena de niñas que no superaban los 10 años y, que de posición, postura y ritmo, poco sabían. Entre ese “aventajado” grupo me encontraba yo, haciendo mi mejor esfuerzo. Tenía 7 años. Aunque llevaba una malla, zapatillas y unas polainas, que era lo que se llevaba en ese momento, lo último que se podría decir de mi cabello, era que me había peinado. Al menos, intentaba atrapar algunos de ellos en una cola de caballo, que claramente no había logrado su cometido; y no quiero exagerar, pero creo que aun me estaba creciendo uno de mis dientes de adelante. ¡Todo una figura!

De pronto, la profesora que parecía salida de alguna mística sonata de Bach, pasó por mi lado. Noté que se detuvo a observar mis movimientos por unos segundos y, luego, siguió hasta quedar frente al esforzado grupo de mini bailarinas. “Verónica, -me dijo, mirando hacia mí- podrías ser tan gentil, querida, de venir y mostrar a la clase cómo se hace”. Yo, sin pensarlo, pasé para adelante y comencé a hacer los ejercicios que estábamos realizando. Luego de que la profesora comenzara su sonoro cántico numérico de las posiciones del “un, dos, tres…”, dijo: “Pueden ver, niñitas, como Verónica logra estirar sus brazos y piernas sin perder la postura de la espalda y la del cuello. ¡Excelente querida, gracias por tu ayuda!”. Yo sonreí nerviosa y sin más, volví a mi lugar. 

A mí, no me gustaba particularmente el ballet clásico. Aunque sí disfrutaba ver en la tele cuando pasaban las obras de ballet en algún canal de cultura de la época. Creo que por eso mi mamá nos colocó a mi hermana y a mí en esas clases. Lo que a mí me gustaba, eso sí, era todo lo que demandara equilibrio o destreza física. Bueno y ahora que lo pienso, el ballet cumplía con esos requisitos.

Este gusto se me despertó ni más ni menos que viviendo entre máquinas y alquitrán en una fábrica de fonolas. Sí, fonolas, que era el material con que se revestían los techos de las casas en los ‘80. En esa fábrica que era de mi abuelo, se encontraba mi casa, pero además habían altas bodegas, otras casas y otras construcciones. Una de las bodegas, era donde almacenaban el cartón, el papel y toda cantidad de cosas en esos materiales. El proceso de hacer las fonolas era sencillo. Todos los días llegaban camiones repletos de cartones para descargar. Luego, el papel que traían lo colocaban en un molino donde giraba una enorme piedra, mientras lo mojaban, para posteriormente poder darle forma a las fonolas.

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También había una bodega para dejar en stock las fonolas que estuvieran listas; y otra, para el bañado, que era con alquitrán. Dentro de la fábrica había, por otro lado, áreas amplias al aire libre donde se hacía el secado. En el terreno, había una cancha donde jugaban fútbol los fines de semana los trabajadores y vecinos del barrio.

Y bueno, ¿qué tiene que ver esto con mi destreza física? Simple. Es que no había día en que yo no me subiera a un techo, máquina, escalera, pila de secado, camión o árbol que me encontrara. ¡Era tan divertido! Siempre había algo diferente para hacer o en donde ensuciarme. Lo mejor sí, era subirse al techo de las bodegas para ver toda la fábrica y las casas vecinas. Era como descubrir el mundo desde un nuevo prisma. Perdí la cuenta todas las horas que pasé trepando, bajando, escarbando, escondiéndome, corriendo, buscando, descubriendo, en esa fábrica. Lo que me ayudó a desarrollar una destreza y equilibrio inusitado.

Comencé a percibir esta habilidad también en otros episodios en la escuela. Al realizar gimnasia rítmica, hacer deportes o participar de las competencias en la semana de aniversario del colegio, pues vencía a mis compañeros en las carreras y en otras actividades que tenían que ver con actividades físico-artísticas. También me gustaba andar en bicicleta, y como verán, no necesitaba salir de la fábrica para andar en ella. Todo lo podía hacer dentro del terreno, que era básicamente nuestro enorme patio trasero lleno de fierros, construcciones, papelería y vegetación. Otro elemento genial, era que podía ensuciarme todo lo que quería. Cuando llegaba a mi casa que, como dije, se encontraba en el mismo sitio y que sólo estaba separado por un portón abierto, era otro cuento; pero eso quedará para otra ocasión. 

2

Al año siguiente, mis abuelos se mudaron de casa a un departamento más pequeño, pero en un sector más acomodado, en la zona oriente de Santiago. Ellos, hasta ese entonces, no vivían en la fábrica, sino en una linda casa en una avenida muy bonita, a sólo unas cuadras de ahí. Al irse, de su casa fuera de la fábrica, se la cedieron a mi mamá y ahí comenzó otra vida para mí, lejos de los juegos rudos y de la suciedad. Ahora veníamos a vivir a la linda casa de mis abuelos que para mí era un palacio, donde habían criado a sus siete hijos. Y ahora, se la estaban dejando a su hija mayor. Nuestra vida cambió y la mía aún más.

El verano de 1995, mis abuelos nos invitaron a los cuatro nietos mayores, que en la época teníamos entre 10 y 13 años, a pasar una semana con ellos en el departamento que se habían comprado en Viña del Mar frente al casino. Obviamente, y para mi calvario, yo tenía que ser la menor del grupo. Mi hermana se iba con mi prima a hacer cosas de “chicas” y a mí me dejaban con mi primo, quien desde su más tierna infancia, disfrutaba torturarme al pasar las vacaciones juntos o en las reuniones familiares habituales.

Una vez, por ejemplo, recorriendo las dunas de Algarrobo (balneario cerca de Santiago), mi primito encontró no sé en qué basural, un pañal de bebé usado; y me persiguió dunas arribas y dunas abajo, hasta que me alcanzó y me restregó el “arma» insalubre por toda la cara. En esa ocasión, para mi fortuna, el pañal era viejísimo, por lo tanto lo más probable es que el variado clima de la Costa Central de Chile con fuertes lluvias, frío y sol hayan hecho una suerte de lavado y desinfección en el “arma” en cuestión. Al menos, yo no me enfermé de tifus o de alguna cosa peor ese día.

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Volviendo a la semana con mis abuelos. A pesar de mis temores, esos días en Viña, lo pasé bastante bien y hasta tengo un par de anécdotas memorables que al recordar me dan un poco de risa. 

Mi abuela ya nos había dicho que el día de regreso, era el domingo. Ese día 03 de marzo, mi abuelito no estaba seguro si ver el partido de Chile vs Ecuador por las clasificatorias del Mundial de México de 1986, en Viña o volver a Santiago. En este último caso, era sólo repartir a todos los nietos en sus respectivas casas y verlo tranquilito acostado en su departamento de Providencia. Luego de darle vueltas, se decidió por esta alternativa.

No recuerdo mucho de lo que hice ese día en Viña, ni del viaje de regreso. No recuerdo haberme despedido de mis abuelos, ni de haber llegado a Santiago. Sólo recuerdo que esa tarde yo estaba en un cuarto de mi casa, en la casa del fondo. Mi casa, tenía una casa principal que era de concreto y, en el fondo, una “casa interior” más pequeña construida de madera y que tenía dos cuartos, un baño y una galería espaciosa que se usaba como cuarto de secado y planchado. Ambas casas estaban separadas por un pequeño pasillo que las conectaban entre sí. Conmigo estaban mis hermanos menores, de cinco y tres años respectivamente; mi tía y su novio, y el hijo de ésta, que al igual que mi hermana tenía tres años. Estábamos riendo y escuchando unas cintas de cassette con grabaciones que yo les había hecho a los niños llorando, riendo o cantando, antes de mi viaje a Viña.

Cuando repentinamente noté que algo extraño estaba sucediendo… las voces en las cintas ya no se oían y se sentía como si un gigante estuviera sacudiendo la casa. Más tarde comprendí que la electricidad se había cortado y que no llegaría por días, tal vez por semanas. Cuando levanté la mirada para ver la galería desde el cuarto, vi que todo lo que estaba en repisas o muebles se estaba cayendo, incluyendo adornos, libros y loza. ¡Todo caía al suelo!

Mi primer instinto fue mirar a mi tía, que era mi figura de seguridad en el cuarto, pero ella estaba totalmente inmovilizada, completamente en shock. Intenté salir corriendo de ahí, pero a duras penas me podía mantener en pie. El novio de mi tía le gritaba, pero ella no se movía. Hasta que él tuvo que darle una bofetada desesperada para hacerla reaccionar, así ella pudo comenzar a incorporarse. Todo esto en microsegundos. No sé cómo tomé de las manos a los tres niños que estaban conmigo, a dos de ellos con una mano y al tercero, con la otra. Mientras el ruido ensordecedor seguía y seguía, y venían gritos de todas partes. Parecía que estábamos dentro de un sartén gigante que alguien estaba moviendo.

En eso, escuché a mi papá que salió corriendo de la casa grande y mi hermana mayor detrás de él. “¡Es un terremoto! ¡Salgan de la casa ahora!”. Cuando los niños y yo estábamos afuera, vi que la última en salir fue mi tía y su novio. Todos nos reunimos en un punto relativamente seguro en el patio y nos abrazamos, esperando lo peor.

Era el terremoto de 1985 de 7.8 en la escala Mercalli, con epicentro en la Costa Central de la Región de Valparaíso de Chile. Eso quiere decir, a una hora y media de Santiago y donde mis abuelos, primos, hermana y yo, nos habíamos encontrado hacía apenas un par de horas. Yo no sabía en ese momento lo que era, y tampoco que la historia registraría 178 muertos, 2.575 heridos y casi un millón de damnificados; que para un país tan pequeño como el nuestro, eran cifras altísimas. Entonces, permanecimos ahí, de pie, abrazados, mientras el movimiento de tierra no se detenía. 

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***

Estoy de pie frente a mi ventana mirando hacia el interior de mi patio. Está oscuro, pero se consiguen distinguir las sombras que el reflejo de la luna produce en la parra y algunas plantas que están cerca de la pared del fondo. Pero yo no miro algo en específico, sino al vacío. Tengo los ojos rojos de tanto llorar y la mirada perdida viendo la nada. Es de madrugada y por enésima noche yo no puedo dormir. Las gruesas cortinas de mi pieza permanecen cerradas durante el día, para impedir que el sol entre. No quiero ver el sol y no quiero que el sol me vea a mí, por eso duermo. En mi cuarto, quisiera que no corriera el tiempo. Quisiera que se detenga, así como se detuvo mi vida no hace mucho.

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