SORPRENDIDA POR EL COLOR (Parte final)

3

Mi mamá y yo caminábamos tan rápido como podíamos por los pasillos del hospital. El tránsito estaba imposible esa mañana, así que el taxi que tomamos, sirvió poco o nada para intentar llegar a tiempo. Para mí era una consulta de rutina. Últimamente pasábamos yendo y viniendo para ver médicos, por lo que se podría decir, que me había acostumbrado a ir al hospital, pero notaba a mi mamá nerviosa y hasta de mal humor. Ella siempre fue muy gentil y quien quisiera enojarla, se llevaba una tarea no menor.

Al llegar al lugar, vi algunas personas sentadas en la sala de espera y una recepcionista detrás de un escritorio. Nosotras llegamos casi sin aire para anunciar nuestra llegada. Sin embargo, antes de que mi mamá pudiera emitir una palabra, se abrió la puerta de una oficina donde salió el doctor que un mes y medio antes me había hecho la biopsia en mi brazo derecho, para especificar mi diagnóstico, que hasta ese momento era desconocido. Y el bendito día, era hoy. 

En seguida, el doctor nos miró y con un tono de voz que no tenía ninguna conexión con las palabras que salieron de su boca, me dijo: “Verito, ¡qué bueno que llegaste! Ya tenemos los resultados. No morirás tan rápido, pero sí quedarás en una silla de ruedas”. Silencio… El mundo se paró en ese momento. -«Doctor, – lo encaró mi mamá- por favor, yo no le he dicho nada a la niña». El profesional miró a mi mamá, me volvió a mirar a mí, para luego simplemente encogerse de hombros, mientras se daba media vuelta y entraba a su oficina. “Ah, luego ustedes hablarán en casa. Pasen por aquí”-, se limitó a decir. 

Photo by Gustavo Fring on Pexels.com

Entramos a su despacho y él cerró la puerta tras nosotras. Esas fueron las últimas palabras que logré entender en los próximos 30 minutos de la conversación que ellos mantuvieron. Me sentí como Charlie Brown y su amigo Lainus en la sala de clases, escuchando la voz de su profesora que emitía sonidos como de bocina: «Bla, bla, bla, bla… Bla, bla, bla, bla». Sólo había dos grandes diferencias. Primero, esos clásicos personajes de infancia parecían comprender lo que su maestra les decía, porque interactuaban con ella, aunque los telespectadores no. Y dos, ellos no estaban recibiendo una noticia que cambiaría literalmente todo en su vida.

Esa mañana, sentada al lado de mi mamá en la consulta del doctor, yo tenía 13 años.

***

El terremoto seguía, y no terminaba de moverse todo a nuestro alrededor. Todos continuábamos abrazados, mientras era difícil mantenerse en pie. Los niños pequeños estaban dentro del círculo humano, mientras “los grandes” formábamos un abrazo impenetrable de agonía y terror. Todavía con el movimiento telúrico en acción, el ruido ensordecedor de los gritos de las personas a lo lejos y de las grandes “cajas de fósforos” que las casas se habían convertido, mi papá pegó un salto y gritó: “Inés, tengo que ir por Inés”. Y salió corriendo por el corredor lateral del patio, hacia la salida que daba a la calle. En una carrera desesperada por ir a buscar a mi mamá que no estaba allí con nosotros.

En ese momento, algo le pasó a mi cuerpo, más específicamente a mi espalda. Como si una especie de escalofrío recorriera mi espina vertebral. A los 10 años, en medio del terremoto. Comenzó.

El día del terremoto del ‘85, mi mamá estaba hospitalizada desde hacía algunos días debido a que iba a ser sometida a una operación a corazón abierto, para reemplazar una de sus válvulas, por una mecánica. Su cirugía estaba marcada para el cinco de marzo, que era además, el cumpleaños número cinco de mi único hermano. Pero el terremoto encontró a mi mamá sola en una sala de hospital, y a nosotros, sin su irreemplazable presencia en medio de todo ese caos. 

En aquel momento, no tenía clara conciencia, pero ese fue el comienzo del fin de mi niñez. A los 10 años, no sabía que iban a comenzar los síntomas asociados a la Distrofia Muscular Facio Escapulo Humeral que nos enteramos 3 años después, esa mañana en el hospital. Gran nombre para una enfermedad, que básicamente se traduce en la pérdida de la fuerza muscular de todo el cuerpo, incluyendo los órganos internos. Ya no podría correr, ni andar en bicicleta, ni trepar a un árbol, ni bailar. Y a lo largo de los años, no podría siquiera caminar, bañarme, vestirme o peinarme por mi misma. Para una niña inquieta y aventurera como yo, literalmente… la muerte en vida.

4

Un año después, cuando desperté ese día había mucho ruido en la casa. Mi mamá estaba en la cocina terminando de preparar el desayuno. Ya todos estaban de pie. Uno saliendo del baño, otro gritando para saber si alguien había visto sus zapatos, los niños corriendo por el pasillo, quien sabe para donde. Era domingo y todos estaban emocionados porque esa mañana viajaríamos a la playa a visitar una pequeña iglesia que estaba comenzando, dentro del terreno donde se encontraba el campamento de verano en el que participábamos cada año. Allí hacían campamentos de niños, de adolescentes, de jóvenes, de mujeres y de familia.

Desperté en medio del bullicio y me limité a cubrir mi cabeza con la almohada, con la seria intención de seguir durmiendo. “No, no, no”. – Dijo mi mamá entrando a mi cuarto.- “Tu te levantas ahora. Recuerda que después vamos a ir a almorzar a ese lugar que te gusta y no te puedes quedar aquí sola”-. Con tal argumento, pero sin cambio en mi ánimo, no me quedó otra alternativa. Me incorporé en la cama a regañadientes y me uní en cámara lenta al alboroto reinante. 

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

El viaje fue tranquilo, porque mi papá había hecho ese camino muchas veces. Excepto por mis hermanos menores que me daban patadas mientras se movían de un lado para otro, en la parte trasera del auto, donde estábamos sentadas mi hermana mayor y yo, cada una capturando una ventana. Yo intentaba ignorarlos mirando las majestuosas montañas que acompañan casi todo el trayecto, esperando el milagro que alguna de ellas me cayera encima.

Llegamos al lugar a buena hora. No había mucha gente, lo que para mí era perfecto. Los niños pequeños tenían una programación especial en las dunas, así que mis hermanitos salieron del templo y quedamos con los grandes, mi hermana de 15, yo con 14 años y mis papás.

La reunión fue transcurriendo sin ninguna novedad. Orar, cantar y leer la biblia. ¡Lo de siempre! Lo único rescatable para mí hasta ese momento, era la vista. Esa iglesia tiene la pared delantera totalmente de vidrio con vigas altas de madera, a modo de separación. Quien habla a las personas sentadas en las bancas, tiene detrás de sí, las dunas de arena y, al fondo, la playa con el océano Pacifico. ¡Es un panorama único para los asistentes!

En el momento del sermón, estaba de invitado un pastor amigo muy querido de mis papás que era de Curicó, que además de ser pastor era profesor de química. Cuando comenzó su mensaje, yo no estaba muy atenta para ser honesta. Sólo que sus palabras comenzaron a cobrar un sentido inusitado para mí, y comencé a tomar la atención que no había prestado hasta ese entonces.

El asunto yo lo había escuchado antes, pero no desde la perspectiva histórica que esa persona lo abordó. El tema era: el sufrimiento de Jesús. La narrativa incluia la historicidad de la existencia de Jesús, cómo los judíos realizaban sus jucios en ese período (incluyendo, la seguidilla de irregularidades que se realizaron en su jucio y posterior sentencia), y por último, cómo los romanos ejercían sus castigos a los presos condenados a muerte. Todo, como dije, desde la óptica de acontecimientos históricos registrados, incluso por fuentes no bíblicas.

No sé describir exactamente lo que pasó conmigo, es como si hubiera despertado de un sueño y ahora tuviera una nueva conciencia de mi misma y de lo que estaba pasando a mi alrededor. Cada palabra que el pastor decía me hacía mucho sentido. Ellas cobraron un significado que nunca había experimentado. Ahí entendí que yo no estaba sola, que Jesús podía entender mi sufrimiento y que él mismo Jesús no había evitado el suyo, pudiendo hacerlo, porque tenía un propósito superior. Y que mi dolor, aun sin entenderlo, era momentáneo y no era en vano. Para decirlo de otra manera, yo entré a esa pequeña iglesia cerca de la playa, sin saber quién era realmente Jesús y salí creyendo y rindiendo mi historia a él. ¡Quedé cautivada por su amor!

Al terminar el servicio, salí del templo. Me despedí de algunas personas y cuando tuve la ocasión, respiré profundo. Levanté mi vista y vi el cielo de un azul que no recordaba haber visto antes. Miré las dunas a lo lejos y una flores que estaban a un costado de la iglesia, con los colores nítidos, como si éstos brillaran. Era como si estuviera viendo en colores por primera vez en mi vida.

Photo by Pixabay on Pexels.com

-“Vero, querida”, me gritó mi mamá desde el auto. – “¿Qué? Perdón”, dije. Yo no había notado que el lugar estaba casi vacío y que toda mi familia estaba esperándome en el auto. Fui hacia ellos, entré al auto y me senté en el lado de mi ventana. Mis hermanos chicos estaban inquietos, como siempre. Y por supuesto, recibíamos uno que otro manotazo mientras jugaban.

En eso, mi hermana mayor me quedó mirando. -”¿Estás bien?”, me dijo. Le devolví la mirada, mientras yo sonreía. Al verla, la encontré tan bonita, “Sí”. -Respondí asintiendo con la cabeza.- “Estoy muy bien”.

Nuestro auto salió del estacionamiento dejando atrás la iglesia y las dunas, para dirigirnos a almorzar a mi lugar favorito. En ese momento, tuve la plena convicción… la comida iba a estar maravillosa.

Volver a «SORPRENDIDA POR EL COLOR» (Parte 1)

SORPRENDIDA POR EL COLOR (Parte 1)

¿HAS RECIBIDO UNA NOTICIA DEVASTADORA? ¿SE TE ACABÓ LA ESPERANZA?

Mi historia en forma de cuento.

1

Caminábamos casi corriendo por los pasillos del hospital. Eran las nueve y quince de la mañana. Mi mamá y yo nos habíamos atrasado, porque el tránsito era mayor de lo habitual ese día. Para mí era una consulta de rutina, pero mamá se veía nerviosa. Al llegar al hospital, nos dirigimos casi sin aliento al mesón de la recepción. Antes de que ella pudiera anunciar nuestra llegada, se abrió la puerta de una oficina donde vimos salir al doctor, que un mes y medio antes, me había realizado una biopsia en el brazo derecho. La intervención era una extracción rápida para ser enviada a Estados Unidos para definir mi diagnóstico. El resultado era hoy. 

“Uno, dos, tres, cuatro… uno, dos, tres, cuatro. Nuevamente… un, dos, tres…”- Con una voz dulce, pero firme se oía a la maestra de ballet mientras se movía por el salón como si fuera una reina. Era alta, morena y estaba vestida para la ocasión, con una malla, una falda corta de algodón delgado y unas zapatillas de ballet profesionales. Su cabello estaba prendido en la parte superior de la cabeza y ningún cabello salía de su lugar. Sus piernas y brazos parecían flotar mientras mantenía al caminar, la postura recta de espalda y cuello.

Photo by Budgeron Bach on Pexels.com

Al mirarla, nadie podría imaginar que estaba dando una clase a una docena de niñas que no superaban los 10 años y, que de posición, postura y ritmo, poco sabían. Entre ese “aventajado” grupo me encontraba yo, haciendo mi mejor esfuerzo. Tenía 7 años. Aunque llevaba una malla, zapatillas y unas polainas, que era lo que se llevaba en ese momento, lo último que se podría decir de mi cabello, era que me había peinado. Al menos, intentaba atrapar algunos de ellos en una cola de caballo, que claramente no había logrado su cometido; y no quiero exagerar, pero creo que aun me estaba creciendo uno de mis dientes de adelante. ¡Todo una figura!

De pronto, la profesora que parecía salida de alguna mística sonata de Bach, pasó por mi lado. Noté que se detuvo a observar mis movimientos por unos segundos y, luego, siguió hasta quedar frente al esforzado grupo de mini bailarinas. “Verónica, -me dijo, mirando hacia mí- podrías ser tan gentil, querida, de venir y mostrar a la clase cómo se hace”. Yo, sin pensarlo, pasé para adelante y comencé a hacer los ejercicios que estábamos realizando. Luego de que la profesora comenzara su sonoro cántico numérico de las posiciones del “un, dos, tres…”, dijo: “Pueden ver, niñitas, como Verónica logra estirar sus brazos y piernas sin perder la postura de la espalda y la del cuello. ¡Excelente querida, gracias por tu ayuda!”. Yo sonreí nerviosa y sin más, volví a mi lugar. 

A mí, no me gustaba particularmente el ballet clásico. Aunque sí disfrutaba ver en la tele cuando pasaban las obras de ballet en algún canal de cultura de la época. Creo que por eso mi mamá nos colocó a mi hermana y a mí en esas clases. Lo que a mí me gustaba, eso sí, era todo lo que demandara equilibrio o destreza física. Bueno y ahora que lo pienso, el ballet cumplía con esos requisitos.

Este gusto se me despertó ni más ni menos que viviendo entre máquinas y alquitrán en una fábrica de fonolas. Sí, fonolas, que era el material con que se revestían los techos de las casas en los ‘80. En esa fábrica que era de mi abuelo, se encontraba mi casa, pero además habían altas bodegas, otras casas y otras construcciones. Una de las bodegas, era donde almacenaban el cartón, el papel y toda cantidad de cosas en esos materiales. El proceso de hacer las fonolas era sencillo. Todos los días llegaban camiones repletos de cartones para descargar. Luego, el papel que traían lo colocaban en un molino donde giraba una enorme piedra, mientras lo mojaban, para posteriormente poder darle forma a las fonolas.

Photo by Pixabay on Pexels.com

También había una bodega para dejar en stock las fonolas que estuvieran listas; y otra, para el bañado, que era con alquitrán. Dentro de la fábrica había, por otro lado, áreas amplias al aire libre donde se hacía el secado. En el terreno, había una cancha donde jugaban fútbol los fines de semana los trabajadores y vecinos del barrio.

Y bueno, ¿qué tiene que ver esto con mi destreza física? Simple. Es que no había día en que yo no me subiera a un techo, máquina, escalera, pila de secado, camión o árbol que me encontrara. ¡Era tan divertido! Siempre había algo diferente para hacer o en donde ensuciarme. Lo mejor sí, era subirse al techo de las bodegas para ver toda la fábrica y las casas vecinas. Era como descubrir el mundo desde un nuevo prisma. Perdí la cuenta todas las horas que pasé trepando, bajando, escarbando, escondiéndome, corriendo, buscando, descubriendo, en esa fábrica. Lo que me ayudó a desarrollar una destreza y equilibrio inusitado.

Comencé a percibir esta habilidad también en otros episodios en la escuela. Al realizar gimnasia rítmica, hacer deportes o participar de las competencias en la semana de aniversario del colegio, pues vencía a mis compañeros en las carreras y en otras actividades que tenían que ver con actividades físico-artísticas. También me gustaba andar en bicicleta, y como verán, no necesitaba salir de la fábrica para andar en ella. Todo lo podía hacer dentro del terreno, que era básicamente nuestro enorme patio trasero lleno de fierros, construcciones, papelería y vegetación. Otro elemento genial, era que podía ensuciarme todo lo que quería. Cuando llegaba a mi casa que, como dije, se encontraba en el mismo sitio y que sólo estaba separado por un portón abierto, era otro cuento; pero eso quedará para otra ocasión. 

2

Al año siguiente, mis abuelos se mudaron de casa a un departamento más pequeño, pero en un sector más acomodado, en la zona oriente de Santiago. Ellos, hasta ese entonces, no vivían en la fábrica, sino en una linda casa en una avenida muy bonita, a sólo unas cuadras de ahí. Al irse, de su casa fuera de la fábrica, se la cedieron a mi mamá y ahí comenzó otra vida para mí, lejos de los juegos rudos y de la suciedad. Ahora veníamos a vivir a la linda casa de mis abuelos que para mí era un palacio, donde habían criado a sus siete hijos. Y ahora, se la estaban dejando a su hija mayor. Nuestra vida cambió y la mía aún más.

El verano de 1995, mis abuelos nos invitaron a los cuatro nietos mayores, que en la época teníamos entre 10 y 13 años, a pasar una semana con ellos en el departamento que se habían comprado en Viña del Mar frente al casino. Obviamente, y para mi calvario, yo tenía que ser la menor del grupo. Mi hermana se iba con mi prima a hacer cosas de “chicas” y a mí me dejaban con mi primo, quien desde su más tierna infancia, disfrutaba torturarme al pasar las vacaciones juntos o en las reuniones familiares habituales.

Una vez, por ejemplo, recorriendo las dunas de Algarrobo (balneario cerca de Santiago), mi primito encontró no sé en qué basural, un pañal de bebé usado; y me persiguió dunas arribas y dunas abajo, hasta que me alcanzó y me restregó el “arma» insalubre por toda la cara. En esa ocasión, para mi fortuna, el pañal era viejísimo, por lo tanto lo más probable es que el variado clima de la Costa Central de Chile con fuertes lluvias, frío y sol hayan hecho una suerte de lavado y desinfección en el “arma” en cuestión. Al menos, yo no me enfermé de tifus o de alguna cosa peor ese día.

Photo by Melanie Wupperman on Pexels.com

Volviendo a la semana con mis abuelos. A pesar de mis temores, esos días en Viña, lo pasé bastante bien y hasta tengo un par de anécdotas memorables que al recordar me dan un poco de risa. 

Mi abuela ya nos había dicho que el día de regreso, era el domingo. Ese día 03 de marzo, mi abuelito no estaba seguro si ver el partido de Chile vs Ecuador por las clasificatorias del Mundial de México de 1986, en Viña o volver a Santiago. En este último caso, era sólo repartir a todos los nietos en sus respectivas casas y verlo tranquilito acostado en su departamento de Providencia. Luego de darle vueltas, se decidió por esta alternativa.

No recuerdo mucho de lo que hice ese día en Viña, ni del viaje de regreso. No recuerdo haberme despedido de mis abuelos, ni de haber llegado a Santiago. Sólo recuerdo que esa tarde yo estaba en un cuarto de mi casa, en la casa del fondo. Mi casa, tenía una casa principal que era de concreto y, en el fondo, una “casa interior” más pequeña construida de madera y que tenía dos cuartos, un baño y una galería espaciosa que se usaba como cuarto de secado y planchado. Ambas casas estaban separadas por un pequeño pasillo que las conectaban entre sí. Conmigo estaban mis hermanos menores, de cinco y tres años respectivamente; mi tía y su novio, y el hijo de ésta, que al igual que mi hermana tenía tres años. Estábamos riendo y escuchando unas cintas de cassette con grabaciones que yo les había hecho a los niños llorando, riendo o cantando, antes de mi viaje a Viña.

Cuando repentinamente noté que algo extraño estaba sucediendo… las voces en las cintas ya no se oían y se sentía como si un gigante estuviera sacudiendo la casa. Más tarde comprendí que la electricidad se había cortado y que no llegaría por días, tal vez por semanas. Cuando levanté la mirada para ver la galería desde el cuarto, vi que todo lo que estaba en repisas o muebles se estaba cayendo, incluyendo adornos, libros y loza. ¡Todo caía al suelo!

Mi primer instinto fue mirar a mi tía, que era mi figura de seguridad en el cuarto, pero ella estaba totalmente inmovilizada, completamente en shock. Intenté salir corriendo de ahí, pero a duras penas me podía mantener en pie. El novio de mi tía le gritaba, pero ella no se movía. Hasta que él tuvo que darle una bofetada desesperada para hacerla reaccionar, así ella pudo comenzar a incorporarse. Todo esto en microsegundos. No sé cómo tomé de las manos a los tres niños que estaban conmigo, a dos de ellos con una mano y al tercero, con la otra. Mientras el ruido ensordecedor seguía y seguía, y venían gritos de todas partes. Parecía que estábamos dentro de un sartén gigante que alguien estaba moviendo.

En eso, escuché a mi papá que salió corriendo de la casa grande y mi hermana mayor detrás de él. “¡Es un terremoto! ¡Salgan de la casa ahora!”. Cuando los niños y yo estábamos afuera, vi que la última en salir fue mi tía y su novio. Todos nos reunimos en un punto relativamente seguro en el patio y nos abrazamos, esperando lo peor.

Era el terremoto de 1985 de 7.8 en la escala Mercalli, con epicentro en la Costa Central de la Región de Valparaíso de Chile. Eso quiere decir, a una hora y media de Santiago y donde mis abuelos, primos, hermana y yo, nos habíamos encontrado hacía apenas un par de horas. Yo no sabía en ese momento lo que era, y tampoco que la historia registraría 178 muertos, 2.575 heridos y casi un millón de damnificados; que para un país tan pequeño como el nuestro, eran cifras altísimas. Entonces, permanecimos ahí, de pie, abrazados, mientras el movimiento de tierra no se detenía. 

Photo by Ahmed akacha on Pexels.com

***

Estoy de pie frente a mi ventana mirando hacia el interior de mi patio. Está oscuro, pero se consiguen distinguir las sombras que el reflejo de la luna produce en la parra y algunas plantas que están cerca de la pared del fondo. Pero yo no miro algo en específico, sino al vacío. Tengo los ojos rojos de tanto llorar y la mirada perdida viendo la nada. Es de madrugada y por enésima noche yo no puedo dormir. Las gruesas cortinas de mi pieza permanecen cerradas durante el día, para impedir que el sol entre. No quiero ver el sol y no quiero que el sol me vea a mí, por eso duermo. En mi cuarto, quisiera que no corriera el tiempo. Quisiera que se detenga, así como se detuvo mi vida no hace mucho.

Ir a «SORPRENDIDA POR EL COLOR» (Parte final)

LA MADEJA DE LANA

¿No logras avanzar con tus tareas DIARIAS? AQUÍ TE COMPARTO algunos PRINCIPIOS QUE TE AYUDARÁN A ORGANIZARTE MEJOR.

Tal vez esto te ha pasado. Hay veces en que tengo tanto que hacer que no sé por dónde comenzar. Intento pensar en una tarea, pero mi mente está como un torbellino y no tengo fuerzas, ni cabeza para saber cuál es el puntapié inicial.

Es como si mi escritorio estuviera lleno de pilas y pilas de documentos que tengo que prestarles atención, o como si un grupo de personas imaginarias estuvieran pidiéndome cosas alrededor de mí, al mismo tiempo. Sólo que estas múltiples actividades pendientes, no necesariamente están en papeles físicos o son personas a mi alrededor, sino que estas tareas por hacer, pueden estar en listas y listas en mi agenda, en el computador, en una aplicación en mi celular, en un cuaderno de notas, en una servilleta o en cualquier superficie donde puedo, básicamente, anotar algo. Y todas ellas giran a mil por hora en mi cabeza, paralizando mi cuerpo, para tomar la sencilla acción de dar el primer paso para comenzar.

¿Te has sentido así alguna vez? ¡Claro que sí! A eso le denomino, el «estrés del ocio». Tienes tanto que hacer, pero finalmente no haces nada.

Cuando yo era adolescente, mi abuelita Inés me dio una lección que me sirve hasta el día de hoy, y la quiero compartir ahora contigo. A ella le encantaba tejer y hacía cosas muy bonitas. A mí sólo me dio la capacidad para aprender a tejer bufandas; que esencialmente es seguir líneas rectas, porque tengo una baja o casi nula habilidad manual. Pero como eso no viene al caso, seguiré con la historia de mi abuelita.

Ella, en cambio, tejía chalecos, poleras, vestidos, con formas de trenzas, flores, puños, cuellos y bolsillos. Un día, estábamos frente a la televisión y al sacar su tejido notó que una de las madejas de lana que iba a usar para continuar con su labor, era una maraña de nudos. Por tanto ella, de manera muy natural, me pidió que le ayudara a desenredar la madeja, mientras seguía con la lana que aún le quedaba en el ovillo que estaba usando. Cuando tomé ese “caos” de lana en mis manos, pensé: “¡Genial! Ahora mis tardes se convertirán en la increíble y entretenida aventura de desenredar madejas de lana, frente a la tele. ¡Qué cosa!”.

Photo by Alex Green on Pexels.com

Mi abuelita me dejó algunos minutos luchar con la lana, mirándome de reojo. Yo, por mi parte, tirando de aquí y tirando de allá con la delicadeza de un hipopótamo, logré que el desastre se volviera aún mayor. Hasta llegué al serio convencimiento de que lo que mi abuelita me había pedido era imposible. ¡Era un hecho para mí! Esa lana jamás sería usada, porque desenredarla, no era de humanos.

-”Pero, tranquila” -me dijo mi abuela-. “Lo único que estás haciendo es enredar más la lana”. “Ahora -siguió-, lo primero que tienes que hacer es calmarte. Lo segundo, es comprender que el hilo de la lana tiene un principio y un final. Tercero, entre más rápido quieras terminar, lo que probablemente harás, es tirar más y más de la lana; y hacer, por tanto, nudos que serán más difíciles de soltar. También debes tomar el tiempo necesario para saber donde el hilo de la lana se encuentra o continúa, para poder avanzar. Por último, no te detengas hasta terminar todo y convertirlo en una nueva madeja, lista para ser tejida”.

Desde ese día no me hice una “Desenredadora de Lana profesional, con Magister en Hebras Finas”; pero al menos, me gusta mucho trabajar en los procesos, y sí… me relaja desenredar hilos y lanas. Sin embargo, lo que más me gusta es terminar mis tareas.

¿Has experimentado la maravillosa sensación de poner un checklist o tachar una tarea ya finalizada? ¡Es simplemente glorioso!

Los principios de la «Madeja de Lana» en la práctica

Ahora, ¿cómo puedo aplicar en mi día a día los principios de la “Madeja de Lana” de mi abuelita, cuando estoy frente a una montaña de tareas por concluir o una tarea enorme, y no sé por dónde comenzar? Y lo peor, ¡sé que el reloj sigue corriendo!

Calmarse: Este principio parece muy obvio e innecesario, pero no lo es. Calmarse y respirar profundo es esencial para tomar conciencia real de la situación en la que te encuentras. También te ayudará a conectarte con lo que sientes en relación a lo que estás enfrentando. Te anima a asumir la responsabilidad de lo que está pasando y te permite hacer una evaluación de cómo comenzar, o recomenzar (si ya lo habías intentado antes). Y te dará incluso algunas ideas de los pasos que debes dar o te orientará a cambiar otros. Es decir, hacer un scanner con calma de la situación y de ti mismo, con respecto a tus tareas por hacer, es indispensable para cambiar el status quo.

Photo by Startup Stock Photos on Pexels.com

Comprender que la tarea tiene un principio y un final: Algo bueno que debes recordar es: Cuando finalmente comienzas algo, eso que comenzaste está más cerca de ser terminado, que antes de comenzar. Parece un juego de palabras o un trabalenguas, pero es cierto. Lo que quiero decir es que todo lo que se termina o llega a su fin, es porque tuvo un inicio. Y tu tarea o listas de tareas, al empezar el proceso de prestarles atención, pasan al selecto grupo de cosas que podrían realmente ser terminadas; y por tanto, tu podrías ahorrarte el tormento que significa tener ese peso sobre tus hombros.

Ahora, para saber por dónde comenzar, es importante hacer la diferencia entre lo “urgente” y lo “importante”. Aquí, ¡priorizar es la clave! Llamaremos “tareas urgentes” a lo que debes hacer en las próximas 24 o 48 horas como máximo, porque si no, estarás en serios problemas. Ejemplo: entregar un informe en la universidad, un proyecto en el trabajo, hacer una llamada de vital importancia, pagar una cuenta por vencer, etc. Y “tareas importantes”, por otro lado, serán todas aquellas actividades, que aunque tienen prioridad en tu agenda, no entran en la categoría de urgentes. Ejemplo: Hacer una cita con el dentista, comenzar tu rutina de ejercicios, hacer ese curso online que quieres hace tiempo, estudiar para una prueba que será en unas cuantas semanas, etc.

Si lo piensas, muchas de tus “tareas importantes”, si no les prestas atención en su momento, pueden pasar a ser “urgentes”. Por eso, el “estrés del ocio” es tan nocivo, porque lo único que hace es paralizarte, impidiéndote tomar acción y termina empeorando tu situación. Categorizar aquí, como dije, es muy importante. Ahora, si estás afectivamente trabajando con una lista de tareas, toma una a la vez. 

La prisa no es buena: El punto anterior está conectado con este tercer punto. Como diría mi abuelita, “entre más rápido quieras terminar, lo que probablemente harás, es tirar más y más la lana; y hacer, por tanto, nudos que serán más difíciles de soltar”. O sea, no quieras acortar el camino, porque puedes llegar a trabajar mucho más. Otro dicho de mi abuelita era: “El flojo trabaja dos veces”. ¡Una sabia mujer mi abuelita! Tómate el tiempo necesario para hacer el punto 2, y te ahorrarás tiempo y hasta varios dolores de cabeza.

Reevaluar a lo largo del proceso: Tomarse una pausa para descansar o para saber cuales son los siguientes pasos, te ayudará a avanzar más. Recuerda, nada está escrito en piedra en tu evaluación general del punto 2. Si necesitas cambiar algo, simplemente hazlo.

No parar hasta terminar la tarea: Yo sé que en algunas ocasiones esto es imposible, pero si depende de ti, intenta tomar el tiempo suficiente para comenzar y terminar una tarea. Sin olvidar, que si estás enfrentando una lista de ellas, es una tarea a la vez. La Técnica Pomodoro (hay vasto material que te puede explicar cómo aplicarla) te puede ayudar mucho a concluir tus actividades pendientes. 

Celebrar tus victorias: Por último, una pequeña tarea para ti es un gran paso para avanzar en la meta de terminar tus labores pendientes. Evita eso sí, celebrar tus logros con comida chatarra o gastando dinero en compras que realmente no necesitas. Escapa por favor de situaciones negativas para tu salud o para tu bolsillo. En cambio, felicítate diciéndote palabras bonitas, dándote un abrazo, escuchando una música alegre que te haga bailar, dándote una siesta reponedora, pasando tiempo con alguien que amas, etc.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

El concluir nuestras tareas o actividades pendientes no es exclusivo de personas altamente efectivas e increíblemente exitosas. No. Las personas que enfrentamos los desafíos del día a día del mundo moderno, también podemos encarar nuestros miedos y frustraciones relacionados con nuestro trabajo o tareas diarias, sin importar el ámbito en el cual nos desempeñemos. 

Mi abuelita me enseñó con una simple madeja de lana, una tarde frente a la televisión. Pero su enseñanza se puede aplicar a diversas áreas en la que nos podemos desenvolver en la vida.

Para terminar, un chiste realmente malo pero cierto, que tal vez ya escuchaste por ahí: “¿Cómo te comes un elefante?… Simple… por partes”. ¡Tú puedes terminar con esa o esas tareas que te traen tanta agonía… una a la vez! ¡Anímate a dar el primer paso!