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Mi mamá y yo caminábamos tan rápido como podíamos por los pasillos del hospital. El tránsito estaba imposible esa mañana, así que el taxi que tomamos, sirvió poco o nada para intentar llegar a tiempo. Para mí era una consulta de rutina. Últimamente pasábamos yendo y viniendo para ver médicos, por lo que se podría decir, que me había acostumbrado a ir al hospital, pero notaba a mi mamá nerviosa y hasta de mal humor. Ella siempre fue muy gentil y quien quisiera enojarla, se llevaba una tarea no menor.
Al llegar al lugar, vi algunas personas sentadas en la sala de espera y una recepcionista detrás de un escritorio. Nosotras llegamos casi sin aire para anunciar nuestra llegada. Sin embargo, antes de que mi mamá pudiera emitir una palabra, se abrió la puerta de una oficina donde salió el doctor que un mes y medio antes me había hecho la biopsia en mi brazo derecho, para especificar mi diagnóstico, que hasta ese momento era desconocido. Y el bendito día, era hoy.
En seguida, el doctor nos miró y con un tono de voz que no tenía ninguna conexión con las palabras que salieron de su boca, me dijo: “Verito, ¡qué bueno que llegaste! Ya tenemos los resultados. No morirás tan rápido, pero sí quedarás en una silla de ruedas”. Silencio… El mundo se paró en ese momento. -«Doctor, – lo encaró mi mamá- por favor, yo no le he dicho nada a la niña». El profesional miró a mi mamá, me volvió a mirar a mí, para luego simplemente encogerse de hombros, mientras se daba media vuelta y entraba a su oficina. “Ah, luego ustedes hablarán en casa. Pasen por aquí”-, se limitó a decir.

Entramos a su despacho y él cerró la puerta tras nosotras. Esas fueron las últimas palabras que logré entender en los próximos 30 minutos de la conversación que ellos mantuvieron. Me sentí como Charlie Brown y su amigo Lainus en la sala de clases, escuchando la voz de su profesora que emitía sonidos como de bocina: «Bla, bla, bla, bla… Bla, bla, bla, bla». Sólo había dos grandes diferencias. Primero, esos clásicos personajes de infancia parecían comprender lo que su maestra les decía, porque interactuaban con ella, aunque los telespectadores no. Y dos, ellos no estaban recibiendo una noticia que cambiaría literalmente todo en su vida.
Esa mañana, sentada al lado de mi mamá en la consulta del doctor, yo tenía 13 años.
***
El terremoto seguía, y no terminaba de moverse todo a nuestro alrededor. Todos continuábamos abrazados, mientras era difícil mantenerse en pie. Los niños pequeños estaban dentro del círculo humano, mientras “los grandes” formábamos un abrazo impenetrable de agonía y terror. Todavía con el movimiento telúrico en acción, el ruido ensordecedor de los gritos de las personas a lo lejos y de las grandes “cajas de fósforos” que las casas se habían convertido, mi papá pegó un salto y gritó: “Inés, tengo que ir por Inés”. Y salió corriendo por el corredor lateral del patio, hacia la salida que daba a la calle. En una carrera desesperada por ir a buscar a mi mamá que no estaba allí con nosotros.
En ese momento, algo le pasó a mi cuerpo, más específicamente a mi espalda. Como si una especie de escalofrío recorriera mi espina vertebral. A los 10 años, en medio del terremoto. Comenzó.
El día del terremoto del ‘85, mi mamá estaba hospitalizada desde hacía algunos días debido a que iba a ser sometida a una operación a corazón abierto, para reemplazar una de sus válvulas, por una mecánica. Su cirugía estaba marcada para el cinco de marzo, que era además, el cumpleaños número cinco de mi único hermano. Pero el terremoto encontró a mi mamá sola en una sala de hospital, y a nosotros, sin su irreemplazable presencia en medio de todo ese caos.
En aquel momento, no tenía clara conciencia, pero ese fue el comienzo del fin de mi niñez. A los 10 años, no sabía que iban a comenzar los síntomas asociados a la Distrofia Muscular Facio Escapulo Humeral que nos enteramos 3 años después, esa mañana en el hospital. Gran nombre para una enfermedad, que básicamente se traduce en la pérdida de la fuerza muscular de todo el cuerpo, incluyendo los órganos internos. Ya no podría correr, ni andar en bicicleta, ni trepar a un árbol, ni bailar. Y a lo largo de los años, no podría siquiera caminar, bañarme, vestirme o peinarme por mi misma. Para una niña inquieta y aventurera como yo, literalmente… la muerte en vida.
4
Un año después, cuando desperté ese día había mucho ruido en la casa. Mi mamá estaba en la cocina terminando de preparar el desayuno. Ya todos estaban de pie. Uno saliendo del baño, otro gritando para saber si alguien había visto sus zapatos, los niños corriendo por el pasillo, quien sabe para donde. Era domingo y todos estaban emocionados porque esa mañana viajaríamos a la playa a visitar una pequeña iglesia que estaba comenzando, dentro del terreno donde se encontraba el campamento de verano en el que participábamos cada año. Allí hacían campamentos de niños, de adolescentes, de jóvenes, de mujeres y de familia.
Desperté en medio del bullicio y me limité a cubrir mi cabeza con la almohada, con la seria intención de seguir durmiendo. “No, no, no”. – Dijo mi mamá entrando a mi cuarto.- “Tu te levantas ahora. Recuerda que después vamos a ir a almorzar a ese lugar que te gusta y no te puedes quedar aquí sola”-. Con tal argumento, pero sin cambio en mi ánimo, no me quedó otra alternativa. Me incorporé en la cama a regañadientes y me uní en cámara lenta al alboroto reinante.

El viaje fue tranquilo, porque mi papá había hecho ese camino muchas veces. Excepto por mis hermanos menores que me daban patadas mientras se movían de un lado para otro, en la parte trasera del auto, donde estábamos sentadas mi hermana mayor y yo, cada una capturando una ventana. Yo intentaba ignorarlos mirando las majestuosas montañas que acompañan casi todo el trayecto, esperando el milagro que alguna de ellas me cayera encima.
Llegamos al lugar a buena hora. No había mucha gente, lo que para mí era perfecto. Los niños pequeños tenían una programación especial en las dunas, así que mis hermanitos salieron del templo y quedamos con los grandes, mi hermana de 15, yo con 14 años y mis papás.
La reunión fue transcurriendo sin ninguna novedad. Orar, cantar y leer la biblia. ¡Lo de siempre! Lo único rescatable para mí hasta ese momento, era la vista. Esa iglesia tiene la pared delantera totalmente de vidrio con vigas altas de madera, a modo de separación. Quien habla a las personas sentadas en las bancas, tiene detrás de sí, las dunas de arena y, al fondo, la playa con el océano Pacifico. ¡Es un panorama único para los asistentes!
En el momento del sermón, estaba de invitado un pastor amigo muy querido de mis papás que era de Curicó, que además de ser pastor era profesor de química. Cuando comenzó su mensaje, yo no estaba muy atenta para ser honesta. Sólo que sus palabras comenzaron a cobrar un sentido inusitado para mí, y comencé a tomar la atención que no había prestado hasta ese entonces.
El asunto yo lo había escuchado antes, pero no desde la perspectiva histórica que esa persona lo abordó. El tema era: el sufrimiento de Jesús. La narrativa incluia la historicidad de la existencia de Jesús, cómo los judíos realizaban sus jucios en ese período (incluyendo, la seguidilla de irregularidades que se realizaron en su jucio y posterior sentencia), y por último, cómo los romanos ejercían sus castigos a los presos condenados a muerte. Todo, como dije, desde la óptica de acontecimientos históricos registrados, incluso por fuentes no bíblicas.
No sé describir exactamente lo que pasó conmigo, es como si hubiera despertado de un sueño y ahora tuviera una nueva conciencia de mi misma y de lo que estaba pasando a mi alrededor. Cada palabra que el pastor decía me hacía mucho sentido. Ellas cobraron un significado que nunca había experimentado. Ahí entendí que yo no estaba sola, que Jesús podía entender mi sufrimiento y que él mismo Jesús no había evitado el suyo, pudiendo hacerlo, porque tenía un propósito superior. Y que mi dolor, aun sin entenderlo, era momentáneo y no era en vano. Para decirlo de otra manera, yo entré a esa pequeña iglesia cerca de la playa, sin saber quién era realmente Jesús y salí creyendo y rindiendo mi historia a él. ¡Quedé cautivada por su amor!
Al terminar el servicio, salí del templo. Me despedí de algunas personas y cuando tuve la ocasión, respiré profundo. Levanté mi vista y vi el cielo de un azul que no recordaba haber visto antes. Miré las dunas a lo lejos y una flores que estaban a un costado de la iglesia, con los colores nítidos, como si éstos brillaran. Era como si estuviera viendo en colores por primera vez en mi vida.

-“Vero, querida”, me gritó mi mamá desde el auto. – “¿Qué? Perdón”, dije. Yo no había notado que el lugar estaba casi vacío y que toda mi familia estaba esperándome en el auto. Fui hacia ellos, entré al auto y me senté en el lado de mi ventana. Mis hermanos chicos estaban inquietos, como siempre. Y por supuesto, recibíamos uno que otro manotazo mientras jugaban.
En eso, mi hermana mayor me quedó mirando. -”¿Estás bien?”, me dijo. Le devolví la mirada, mientras yo sonreía. Al verla, la encontré tan bonita, “Sí”. -Respondí asintiendo con la cabeza.- “Estoy muy bien”.
Nuestro auto salió del estacionamiento dejando atrás la iglesia y las dunas, para dirigirnos a almorzar a mi lugar favorito. En ese momento, tuve la plena convicción… la comida iba a estar maravillosa.
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